Martes

Llegué a Reverbville por pura casualidad.
Una parada de tren equivocada portando un billete a algún lugar distante, un billete comprado por error en una taquilla que ni recuerdo en la estación de una ciudad que prefiero olvidar, un viaje de huída a ninguna parte o a todas partes a la vez, seguramente estaba borracho o sonámbulo cuando decidí largarme, el caso es que me largué, y ahora estaba aquí.
Reverbville, escrito en el cartel que se mece al ritmo de la suave brisa.
Reverbville, ondeando como la bandera abandonada de un país extinto.
La estación estaba en sombras, la niebla se enroscaba en los tornillos oxidados, las luces de la ciudad destellaban al fondo, aquí, solo oscuridad y silencio.
Recorrí el andén desierto, tomé la primera puerta de salida, primera puerta a la derecha.
No había un solo taxi.
Reverbville… resonaba el nombre en mi cabeza.
Cargué mi maleta frugal y mi vieja Gibson.
Emprendí el camino.
La noche avanzaba, la ciudad a lo lejos parecía bonita y calmada con sus luces de colores y su apariencia tranquila, como esas ciudades que salen en las películas viejas, con gente bonita y calmada. Parecía una foto de la Navidad de algún lugar mejor, pero sin nieve.
Podría ser peor, me dije…
( extracto del relato “Algún tiempo en Reverbville” )

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